Cuando en enero se planteó la oportunidad de que mi marinovio y yo nos viniésemos a vivir para un pueblo de Castilla de cuyo nombre no quiero acordarme, decidí que era el momento de opositar. Siendo sinceros, en un pueblo de 50,000 habitantes en el que solo me conocen la pescadera y la frutera porque las voy a ver todas las semanas, mis opciones de entrar en un colegio concertado y/o privado estaban a la altura del prao (ay, prao, ¡cómo te echo de menos!).
Y claro, es entonces que llega el día de apuntarte a las oposiciones y yo, ente de luz y brilli-brilli, me imagino que la administración me lo pondrá fácil para apuntarme. Que colgará un PDF con directrices para que no piense a cada paso que doy que lo estoy haciendo mal y que sabe Dios si me estoy apuntando a las oposiciones de secundaria o a modelo de trajes regionales alemanes. Pues no, ni PDF, ni página lógica, ni sistema de última generación. Al final conseguí apuntarme, pero no fue hasta que salieron las listas provisionales de admitidos y excluídos que estuve segura de que lo había hecho (e incluso bien, que me admitieron y todo).
Pero ahora, a un mes del examen, no sé nada de ellos. Mutis por el foro. No sé a qué hora es el examen, ni dónde (en Guadalajara, si, vale que es pequeño el sitio pero no creo que tan pequeño como para encontrarlo dándome una vuelta y buscando a gente con sonrisa nerviosa), ni cuántos puntos tengo de momento (¿no sería lo lógico que al entregar toda la documentación te dijesen lo que has conseguido ya? sería un chute de optimismo que ahora mismo necesito como el aire acondicionado).
Así que nada, a pensar en unicornios, arcoíris y leprechauns y lo que tenga que ser, será. Pero si es un aprobado con plaza en el pueblo en el que vivo estaría muy agradecida y le regalaría sidras y queso cabrales, Señor Oposiciones.

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